El Che, por siempre


Nunca antes su ejemplo estuvo más presente que ahora mismo, en este instante cuando se cumplen 45 años de su caída en combate en la intrincada geografía boliviana.

Parece que el tiempo transcurrido desde aquel funesto día octubre en 1967 en que quisieron desaparecerle por siempre, lo eterniza como ese ejemplo de luz preclara que alumbra y alienta la lucha de los pueblos.

Tal vez por ello, creo que es permitido cantarle y honrarle con la modestia emanada de su particular manera de ser, sintetizada en aquella histórica carta de despedida a Fidel (Castro).

Un hombre nuevo, posible y real, tal como mostró serlo, con sus actos y convicciones extraordinarias de revolucionario e internacionalista cabal, multiplicado en presentes y futuras generaciones que van tras el sueño legado con sabor del deber cumplido; tras la verdad en que creyó y por la que murió en otro lugar del mundo de su Latinoamérica madre.

Pudo haber sido cualquier sitio, pero fue en la Higuera, Bolivia, donde pensaron terminar su historia e iniciaron por siempre su marcha de banderas y esperanza que recorre los más recónditos parajes de ese país y llega hasta el menos inimaginable lugar de este planeta.

Dondequiera que esté una causa justa está el Che, con su boina guerrillera y estrella sin par, recorriendo montes, rompiendo muros, salvando distancias; agigantándose su fuerza moral y pensamiento político.

Argentino o cubano, se preguntan algunos, pero es más que eso; universal y humano. Palpable en cada minuto de su obra gigante; firme centinela de ideales, comandante de uniforme verdeolivo, obrero y estadista, amigo y hermano.

Repleto de ilusiones por conquistar, seguro de tu verbo y de tu hacer, brazo ardiente en batallas libertarias prosigues inspirando multitudes, son los jóvenes por excelencia quienes enarbolan tu sabiduría, aquella que dejaste por siempre entre nosotros con esa sencillez extrema que te caracterizó, hasta los últimos días de tu existencia.

Un aroma extraña sumerge a la tosquedad, consume al egoísmo, al odio, al rencor y se difunde como incienso la excelsa dignidad que mantuviste como talismán de tu vida; manifiesta y abierta, leal y firme; hecho héroe de pueblo, innegable gladiador ante la adversidad.

Basta un puñado de sentimientos y una ráfaga de ideas justas para mantenerte vivo; un símbolo imborrable que ni la muerte pudo acabar con su inmenso dolor, eso eres tú, te convertiste en ello sin saberlo. Es demasiado tarde ya sumirte en el olvido y no hay tiempo ni siquiera para intentarlo, nunca lo imaginaron los autores de tu desaparición física, aquellos que arrancaron la vida de tu cuerpo y pretendieron esconderte para que no resurgieras nunca.

El empeño de quienes juraron encontrarte algún día no dejó que el secreto quedara en la oscuridad de aquella fecha de octubre que marcó por siempre tu marcha triunfal por la historia de la humanidad.

La vida es algo más que un trozo de tiempo atrapado en un cuerpo, una respiración; los ingredientes que armaron tu estirpe están ahí, en los hijos de la nueva América, de la Cuba revolucionaria empeñada en su razón, en la sonrisa de los niños, en la verdad y la saga, en el hombre nuevo y posible que imaginaste y que te convertiste sin saberlo, para todos nosotros.

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