El espejo de Allan Gross

El espejo de Allan Gross
El lunes último se cumplieron tres años del arresto de Allan Gross, en medio de la campaña desatada para desacreditar a Cuba por la defensa legítima de su soberanía, con la falacia de que el prisionero solo distribuía tecnología de comunicaciones en la comunidad judía de la Isla.
Hablamos del contratista norteamericano que purga una condena de 15 años por el delito de actos contra la independencia o la integridad territorial del Estado.

En Washington tanto “exigen” a la Isla su liberación inmediata, negando el carácter subversivo de sus actividades, como mienten acerca de su salud.

Después que lo empujó al fuego, ese gobierno usa el caso como obstáculo para reiniciar con La Habana las negociaciones sobre diversos temas de interés bilateral.

Un portavoz del Departamento de Estado, con todo cinismo se “lamentó” que Gross ha perdido más de 100 libras desde su arresto y sufre de artritis, y que su familia desea que lo examine un médico que él mismo elija.

Majadero, Mark Toner además se atribuyó el derecho de dudar de un informe del gobierno cubano que detalla que recibe la atención médica adecuada, no tiene cáncer, y se deshizo de sobrepeso gracias a ejercicios físicos y una dieta balanceada de su elección.

Lo innegable es que, como sentenció el intelectual norteamericano Saúl Landau, a Gross “Cuba lo atrapó con las manos en la masa”.
Cuando fue arrestado, efectuaba un subcontrato para la USAID, que pretendía emplear sofisticadas tecnologías en la creación de redes clandestinas de info-comunicaciones, fuera del control de las autoridades cubanas.

Durante el juicio, Gross se declaró un “tonto inocente” que fue engañado. Pero los reportes de su viaje, indicaron que él sabía que actuaba ilegalmente y que temía las consecuencias, incluyendo la posible expulsión del país.

Los hechos revelaron asimismo que funcionarios de la USAID revisaron los reportes oficiales de sus viajes y fueron enterados periódicamente sobre el proceso. Las notas abarcaron cuatro visitas en un período de cinco meses, en 2009. Otro reporte, redactado por un representante de la empresa de Gross, cubría su quinto y último viaje, que culminó con su arresto el 3 de diciembre de ese año.

Los documentos dejan ver todos los esfuerzos para evadir la detección de las autoridades, incluido el reclutamiento de otros judíos estadounidenses para traer en el equipaje de mano, pieza a pieza, los equipos electrónicos, algunos de los cuales están prohibidos en Cuba.

El artículo más sensible fue un “chip” informático para teléfonos móviles que, según expertos, es usado por la CIA y el Pentágono para evitar la detección electrónica, pero puede también ser obtenido por el Departamento de Estado, que supervisa a la USAID.
Gross, entre abril y noviembre de 2009, estableció ilegales centros de comunicaciones en La Habana, Santiago de Cuba y Camagüey, empleando sofisticada tecnología. Al ser detenido, estaba en la Isla para mejorar la seguridad del de la capital cubana mediante “una tarjeta sin alternativa” en el equipo satelital, para dificultar su localización.

Gross sabía que jugaba con fuego y que se arriesgaba a ser arrestado, con las secuelas que eso, en definitiva, trajo para su familia. Fue su elección.
Pero el principal responsable de su situación es el gobierno yanqui. Cumpliendo órdenes de la USAID, él suministraba tecnología de telecomunicaciones a grupos mercenarios financiados por Washington, para subvertir el orden constitucional cubano.

La agencia yanqui aún persiste en crear una élite con alta tecnología informática, que elabore las mentiras que serán amplificadas en el exterior por los poderes mediáticos imperiales, así como disemine en el interior mentiras dirigidas a minar la demostrada confianza del pueblo en su Revolución y su Partido.

En este punto no nos podemos sustraer de señalar el caso de los cinco héroes antiterroristas cubanos, con causas y propósitos opuestos.

Gerardo Hernández, René González, Antonio Guerrero, Ramón Labañino y Fernando González, fueron condenados injustamente por proteger a su país de las acciones criminales de grupos terroristas radicados en los Estados Unidos.

Los hechos demostraron que no pusieron nunca en peligro a la seguridad nacional de ese país, en tanto Gross, de manera deliberada o inconsciente, viajó a Cuba para minar su dignidad, independencia, autodeterminación y soberanía.

Sin embargo, mientras Cuba manifiesta su disposición a encontrar una solución recíproca que tome en cuenta preocupaciones humanitarias altamente sensibles y de la mayor importancia para su pueblo, el gobierno yanqui descarta sostener conversaciones basadas en ese principio.

Tal reticencia ha hecho que el propio Gross se sienta rechazado por los que lo embarcaron en la peligrosa misión y que Judith, su esposa, esté demandando al gobierno norteamericano.

Por su parte, la Isla digna e independiente no va a permitir la realización de planes sediciosos encaminados a truncar el rumbo socialista que la inmensa mayoría del pueblo eligió para sí.

Quienes pretendan intentarlo, que se miren en el espejo de Allan Gross.

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