Una tamaña injusticia que el mundo tiene que de inmediato reparar

Continúa batalla por antiterroristas cubanos

Continúa batalla por antiterroristas cubanos

Cuando la carga de C-4 detonó pasados 10 minutos del mediodía del 4 de septiembre de 1997, el cenicero cilíndrico de metal donde el mercenario escondió la bomba fue transformado en una granada de fragmentación y láminas de aluminio salieron disparadas en todas direcciones en el vestíbulo de hotel Copacabana, en La Habana.

En ese instante, el turista italiano Fabio Di Celmo charlaba tranquilamente con sus amigos. No tuvo oportunidad alguna de salir indemne. Uno de los fragmentos alcanzó su garganta, cortándole la carótida y matándolo en un santiamén. La explosión hirió a otras siete personas, además de causar grandes daños materiales.

Tiempo después, el terrorista Luis Posada Carriles reconoció ante la periodista Ann Luise Bardach, del New York Times, su responsabilidad en la muerte de Di Celmo.

Con todo el cinismo que encierra su naturaleza criminal, expresó:”…ese italiano estaba en el momento equivocado en el lugar equivocado”.

Actos terroristas similares realizados por Cruz León el propio día provocaron daños materiales y heridas leves a algunas personas en los hoteles Chateau y Tritón, ubicados igualmente en Miramar, así como en el emblemático restaurante La Bodeguita del Medio, en la Habana Vieja.

Para entonces, otros atentados habían afectado a los también capitalinos hoteles Capri y Nacional, el 12 de julio. En los vestíbulos, Cruz León dejó las cargas explosivas. Las bombas estallaron con minutos de diferencia, provocando el espanto entre turistas, empleados y vecinos de los alrededores. Entonces, el mercenario pudo evadir a la justicia cubana y regresar nuevamente a El Salvador, pero tanto va el cántaro a la fuente hasta que se rompe.

Semanas después, el 4 de agosto, otro mercenario salvadoreño, Otto René Rodríguez Llerena, contratado igualmente por Posada Carriles, escudado tras una falsa identidad, hizo detonar una bomba en el hotel Meliá Cohíba. Pudo huir también. Mil dólares pusieron en sus manos por el acto criminal.

Con impudor mayúsculo, porque los bombazos eran obra de delincuentes pagados por ellos mediante su tenebroso agente en El Salvador, los miembros del Comité Ejecutivo de la Fundación Nacional Gusano-Yanqui (FNCA) firmaron un llamado “Mensaje a la opinión pública” en el que festejaron los ataques y atribuyeron su autoría a la “oposición interna” en Cuba.

El anuncio fue publicado el 13 de agosto de 1997, en página completa en el The Miami Herald, a un costo de 30 mil USD, y afirmó con toda hipocresía que la autoría de las bombas correspondía “a personas de alto rango dentro del país, tal vez miembros de las Fuerzas Armadas Cubanas”.

También el texto señaló el apoyo de la Fundación “de forma inequívoca, incondicional y sin reparos todos los actos de rebeldía interna que tengan como objetivo la expulsión de Fidel y Raúl Castro del poder”.

Resulta que de los 28 firmantes del “mensaje”, 13 estaban vinculados al terrorismo anticubano en el sur de la Florida, según las pruebas acumuladas por el Gobierno de la Isla.

Incluso se conoció después que seis de ellos estaban conectados directamente con las operaciones ejecutadas en La Habana por los mercenarios Cruz León y Rodríguez Llerena, organizadas en El Salvador por Posada Carriles.

Las investigaciones realizadas por oficiales del Ministerio cubano del Interior permitieron, en breve tiempo, identificar y arrestar a Cruz León el propio 4 de septiembre de 1997. En la habitación 314 que ocupaba en el hotel Plaza se hallaron restos del C-4 utilizado por él.

Otto René Rodríguez Llerena fue arrestado el 10 de julio de 1998 en el propio aeropuerto internacional José Martí. Por más dinero prometido, volvió a Cuba con la intención de atentar con explosivos en sitios públicos y concurridos como el Museo de la Revolución y el Memorial a Ernesto Che Guevara y sus compañeros, en Santa Clara.

Confirmado que las explosiones eran un plan terrorista urdido en el exterior para sabotear a la creciente actividad turística en el país, fomentada a toda prisa para enfrentar la crisis económica provocada con desaparición del socialismo en Europa, las autoridades cubanas realizaron las investigaciones necesarias para evitar otros atentados y despacharon a agentes para penetrar y vigilar a las organizaciones extremistas de Miami.

Incluso a través de un amigo común, el Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, el presidente Fidel Castro propuso al entonces mandatario Bill Clinton su colaboración para prevenir esas acciones vandálicas desde territorio norteamericano, cosa que este aceptó.

De ese modo, la Seguridad del Estado cubano, en un intercambio efectuado con todo secreto en La Habana, entregaron al FBI 230 páginas sobre las actividades terroristas contra Cuba, además de videocasetes y casetes de audio, estos últimos con llamadas telefónicas de terroristas centroamericanos que estaban detenidos con sus mentores en el exterior.

Los oficiales del FBI dijeron estar impresionados por la abundancia de pruebas y afirmaron que darían respuesta en dos semanas. El Buró respondió con la detención de los miembros de la red Avispa, el 12 de septiembre de 1998.

Gerardo Hernández, René González, Ramón Labañino, Antonio Guerrero y Fernando González, los agentes que no cedieron a los llamados del FBI a la traición, sufrieron un proceso judicial muy politizado en Miami, como resultado del cual fueron condenados a injustas y largas penas de prisión.

Hasta órganos especializados de la ONU y numerosos juristas norteamericanos y de otros países, reconocen que el juicio a Los Cinco estuvo lleno de manipulaciones y arbitrariedades.

Mientras tanto, Posada Carriles vive tranquilo en Miami, a pesar de ser además prófugo de la justicia venezolana por la explosión de un avión civil cubano en el que murieron 73 personas inocentes, participar en la operación Irán Contras, organizar un fallido atentado contra el presidente Fidel Castro en Panamá y haber entrado ilegalmente a los Estados Unidos.
En cuanto a los patriotas cubanos, René y Fernando volvieron ya a Cuba, luego de cumplir íntegramente sus condenas, pero Gerardo, Ramón y Antonio aún están en prisión.

Es una tamaña injusticia que el mundo tiene que de inmediato reparar.

(Por: Singh Castillo)

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