La luz de Rogelio

No es siquiera la mejor foto que tengo de él, pero sí la primera que encontré hurgando entre tantos momentos imborrables que tengo de Rogelio, alguien que dejó ser, hace muchísimos años, un vecino para convertirse en miembro de mi familia…

La muerte nos lo arrebató así, de pronto. Otra vez ese ser terrible e indeable, guadaña en mano y que tarde o temprano irrumpe de un modo u otro en nuestras vidas sacudiéndola de arriba abajo, de izquierda a derecha, nos llevó a uno de los buenos.

De su inmenso y bello corazón salieron decenas de poemas hermosos, muchos incluso jocosos que dedicó a su familia, a su esposa, a las mujeres en general, a las madres, al cuñado, a fechas memorables, a los amigos de siempre, los nuevos, a la doctora Varinia (la cardióloga), quienes comenzaron a formar parte de su vida a raíz de su grave afección coronaria…

Rogelio era de ese tipo de persona que jamás olvidaba un cumpleaños (al menos NUNCA el mío). Hoy que ya no está, releo a mi pesar con lágrimas, aquel bello poema que me dedicó cuando cumplí… ¿qué importa ahora cuántos años? Y bailó y bebió, hasta hizo anécdotas de cuando alfabetizó y de su quehacer posterior como educador, de su precario inicio de la convivencia con Nora, su compañera de toda la vida allá en La Maya (Santiago de Cuba). Con ella tuvo dos hijos; el primogénito nombrado como él y al que todos llamamos “Pipo” y Noralis; dos muchachos maravillosos, hoy, ella tan lejos, que no pudo estar aquí para darle el último adiós a su padre…

Aún conscientes de sus problemas coronarios, Rogelio se nos fue sin avisar, con una inesperada prisa que no dejó tiempo para despedidas, decirle cuánto lo apreciamos y que nos veremos “allá”, en algún momento para que siga iluminándonos, pero igual, estoy convencida de que él lo supo siempre.

Entonces nos quedó el homenaje silencioso de vecinos, amigos en acompañamiento a los suyos, sin importar la frialdad de la madrugada y su temprano traslado a la tierra santiaguera donde nació, todos queríamos ir…Llanto reprimido para darle fuerza a sus familiares, abrazos interminables, toda una batalla para contener tanta emoción…

Interminables mensajes de consuelo y aliento a través de Facebook, (sin importar las seis horas de diferencia), con su hija y además con Lucrecia, esa amiga incondicional que también desde Europa sigue siendo miembro de la familia, por derecho propio.

Aún lloramos a Rogelio Perera. Pero pienso que tal vez sea tiempo de ir echando a un lado las lágrimas para empezar a recordarlo, ¡qué digo yo recordarlo!, a revivirlo en el día a día con esa peculiar alegría que él irradiaba. Necesito (necesitamos) sus consejos optimistas, su sabia ayuda, su altruismo ilimitado y entonces vuelvo a batallar contra el llanto, respiro hondo y me digo: ¡Qué tu luz nos irradie por siempre, querido Rogelio!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


*